A pesar que alguna persona pensó hacer de su sombra un espacio de estacionamiento, el árbol se expresó y armó una especie de prohibido estacionar.
Quién sabe cuánto tiempo le tomó torcer el destino impuesto
por la mano del hombre que puso el cartel.
Días, meses, años, valen la pena para expresar, cada quien a
su modo, su propia voz.

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